El colegio del Truébanu no es un recinto muy grande. Hay un solo edificio con dos plantas, de color marrón arenoso. Abajo, están los alumnos del bloque de la ESO (seis en total), el comedor, el despacho de la directora y el baño. Arriba, el resto de clases, la sala de profesores y la biblioteca. En total, en todo el colegio hay 25 alumnos, que se organizan en clases multinivel: infantil, dos bloques de primaria y uno de la ESO. La zona exterior tiene un polideportivo, varios árboles, una mesa de picnic, un prado y un arenero. Eso conforma el complejo. Aunque, cuando tienen la ocasión, sus ocupantes se escapan a hacer actividades por el pueblo, de alrededor de 300 habitantes.
Eva González, la directora del centro, espera a la puerta del colegio. Todo está lleno de colores: hay banderines azules, amarillos, rosas y verdes, y un gran cartel morado donde se lee “El Truébanu se pone las gafas violetas, ¿y tú?”. Eva es una mujer vivaracha, de mediana edad y pelo corto y negro, que da la siguiente explicación:
– Es que la semana pasada hicimos actividades por el 8M.
Estamos a mediados de marzo y el cartel corona la puerta. Eva indica que, por esas fechas, todos los años hacen actividades porque para El Truébanu es muy importante la coeducación – educar en igualdad-, aunque es una reivindicación constante. Hubo una vez que, por el día de la madre, por ejemplo, los niños hicieron tarjetas dándoles “el día libre” – de cocinar, limpiar y cuidar. Y pensó que algún padre se lo tomaría mal y le devolvería “el regalo”, pero que ninguno lo hizo.


Llegó al colegio hace diez años, y hace siete cogió el puesto de dirección. Además, es profesora de asturiano. Sacó una plaza fija en Sama, a una hora en coche, donde prevé volver el año que viene. Es lo que lleva diciendo ya desde hace unos cursos atrás: su calidad de vida, al no tener que hacer una hora de coche para ir a trabajar, mejoraría. Sin embargo, el entorno idílico del colegio, la forma de aprendizaje y de querer del alumnado casín la tienen encandilada y atada en la pequeña burbuja. No se puede bajar del barco. No ahora, que están en plena pandemia.
Yolanda Balboa, profesora de infantil, es algo así como su mano derecha. Es la que más tiempo lleva con ella: un total de cinco años en el Truébanu. Llegó en 2014, estuvo un tiempo fuera y luego regresó. Ahora está en una comisión de servicio, y no sabe que hará el próximo curso porque acaba de tener un hijo y su casa está en Laviana -a 45 minutos en coche, aproximadamente. La situación de las dos docentes no es lo frecuente: el profesorado suele ser itinerante; están un año de interinos y se van. Este curso son diez; siete a jornada completa. Y como novedad, dos de ellos tienen plaza fija:
– Al principio, los profesores alucinan y se asustan. Luego, no quieren marchar.
Es Eva la que señala el patrón de comportamiento de sus colegas. Yolanda va más allá: cuando llegó al Truébanu, los primeros días, lloró. Se encontró algo que no le habían enseñado en la carrera y a lo que no estaba acostumbrada: niños de diferentes edades metidos en un aula, que hubiera algunos cursos sin alumnado, que no hubiera ningún supermercado cerca, ni gasolineras y que en invierno llegar hasta ahí fuera peligroso. Eso cuando no cierran el colegio por las nieves. Este año, por ejemplo, con Filomena se les desprendió parte del tejado y del muro. Una pena, porque el mural estaba recién pintado.

Tampoco la cobertura y la red wifi son buenas en todos los pueblos. Hasta el año pasado, para estudiar no hacía falta: en el colegio prácticamente no las utilizaban. Pero con la llegada del coronavirus las circunstancias cambiaron. Cuenta Eva que, cuando el confinamiento domiciliario, había muchas familias que ni siquiera tenían un portátil; no es imprescindible para ser ganadero. Y menos falta hace si no llega el internet. De hecho, los últimos datos del Ministerio de Transición Digital recogen que en 2020 había 3.000 localidades en Asturias que no tenían acceso a internet, y que el 12 por ciento de la población que habitaba en el concejo de Caso tenía cobertura nula o muy deficiente.
Entonces, pidieron ayuda al Ayuntamiento para que los niños y niñas pudieran seguir teniendo escuela desde casa. La solución fue que Protección Civil, cada quince días, repartía un cuadernillo de actividades elaborado desde el colegio y recogiendo otro. Y poco a poco fueron adaptándose –familias y profesores- a utilizar plataformas y aplicaciones web, como el blog del colegio. Este año, ya las manejan con mucha más soltura. Pero el problema sigue ahí: a veces la red se cae o la cobertura no es buena y dificulta mucho el aprendizaje. Pueden ser diez minutos, dos horas o tres días enteros lo que estén sin internet –que es lo mismo que no poder hacer la tarea o no poder asistir a clase-, pero mejor poco que nada.
– Nos preocupan dos cosas: que no aprendan a socializar con otros niños porque aquí son muy pocos, y que el acceso a la cultura esté tan lejos. Por ejemplo, acudir a clases de música sería un gasto enorme de tiempo y dinero – en gasolina- para los padres. Y no siempre pueden permitírselo.
Mientras Eva habla, se oye una gaita de fondo. Es el único niño que sabe tocarla en el pueblo y está muy orgulloso. Todos le aplauden cuando termina. Le están grabando un vídeo a un colegio “hermanado” en Marruecos y enseñándoles la cultura asturiana. En el medio del patio y con una tablet, aunque el sonido de la gaita recorre el pueblo entero y se pierde entre las montañas. Sus padres le llevan a una academia una vez a la semana, a una hora en coche porque en Caso no hay ni escuela ni profesor. Como de muchas otras cosas. Y claro, pierden también la oportunidad de conocer otros círculos. Pero, además, sobre el profesorado recae una gran labor: si hay algún alumno o alumna que no encaja o al que le hacen bullying, no se le puede cambiar de colegio porque no hay otro cerca. Se tienen que encargar de guardar la convivencia y mantener la piña para que todos ellos crezcan felices. Y, a veces, puede ser muy difícil.
Lucía Nicieza, exalumna del colegio, relatando su experiencia a su llegada al colegio.
La medida de lejanía la marca el tiempo y la dependencia de transporte, pero, ¿son ellos quienes están alejados de todo o es que todo se ha construido lejos de ellos? ¿Cuánto importan 25 alumnos de todos los escolarizados en Asturias? ¿Y en España? Según los datos del Consejo Escolar del Principado de Asturias, en el curso 2017 hubo 72.324 alumnos escolarizados entre infantil y primaria, y en España, según el ministerio de Educación, alrededor de cuatro millones y medio. ¿Cuánto importa el alumnado de Caso? Si, en porcentaje, los 19 niños y niñas de infantil y primaria solo son un 0,03 por ciento del alumnado asturiano y un 0,0004 del español, tirando por lo alto.
Al lado del niño gaitero y su corrillo, hay otro grupo burbuja alrededor de un árbol. Es el alumnado de infantil, que está haciendo su árbol de vida en su tronco, con fotografías de diferentes etapas de su vida, familia y amigos traídas de su casa, para distinguir entre presente, pasado y futuro.
Presente, pasado y futuro. Eso es lo que guarda el colegio del Truébanu: un pasado por donde pisaron Eva y Lucía, las dos amigas que se reunieron en el “Bar Linares”; un presente clavado en un árbol y el futuro en la mano de los niños y de los que vendrán después, si es que vienen más. De momento, pinta marrón, como la madera seca; no hay ningún matriculado nuevo para el curso próximo:
– Aquí se da una cosa curiosa: los más mayores cuidan de los más pequeños, que los toman como referentes. Todos se quieren mucho.
Eva, mientras habla, tiene en su campo de visión a los dos grupos burbuja. Es una calma murmurada y ordenada, y se oyen los silencios del valle. Siguen siendo niños: cuando tienen la ocasión corren, se ríen en voz alta y protestan cuando hay que estudiar demasiado. Cuenta la directora del centro que incluso son más niños que otros y durante más rato: allí no existe la posibilidad de sobrecarga de actividades extraescolares, que les atosiguen. Entonces, se juntan en la plaza del pueblo cuando pueden, se suben a los árboles e imaginan aventuras por los caminos vecinos.
Es una forma distinta de trasmitir cultura que la que aparece en los libros – que en el Truébanu tampoco faltan. El presente, el pasado y el futuro están en continua interacción. Unos repiten los cuentos que otros más mayores les han contado. Así no se pierden las leyendas, aunque se modifiquen cuando van de una boca a otra. Y sobre ese valor de comunidad inciden en el colegio: respeto, igualdad y cariño.
Que sean tan pocos, también tiene otra ventaja: la calidad de la enseñanza, al poder dedicarle a los alumnos una atención personalizada. Aunque, según explican Eva y Yolanda, dependen mucho de cómo avance el grupo. Si el grupo va mal, es mucho más difícil corregirlo. Al final, existe un programa de la Consejería que se puede adaptar, pero hay que cumplir unos mínimos. Lo bueno es que para ello no tienen ninguna falta de material: ni peleas en la sala de profesores por quien utiliza qué espacio ni en la de fotocopias por el número de hojas que se lleva cada uno.

En el Truébanu, cualquiera puede proponer nuevas ideas. Al final del curso, se leen las sugerencias depositadas en el buzón al final de las escaleras y se estudia, a ver si se pueden hacer. Por ejemplo, pizza en el menú. //CC-BY- SA 4.0

La nieve estropeó el mural frente al que posan Eva González y Yolanda Balboa. Está pintado por una artista de la zona, y recorre el parque, la mesa de picnic y alcanza el arenero.//CC-BY- SA 4.0

Las escaleras que unen el primer y segundo piso están llenas de colores. El colegio entero lo está: banderines a la entrada, carteles y fotografías de los alumnos. Resquicios, recuerdos y señales de vida de un curso diferente y parecido. //CC-BY- SA 4.0
El colegio también es un lugar de primeras veces. Por ejemplo, explica Yolanda, hicieron una excursión a la playa y muchos de ellos lloraban porque nunca habían visto el mar. Sus padres, por el oficio, muchas veces no tienen tiempo a llevarlos; el ganao no entiende de vacaciones. Como contrapartida, participan en todas las actividades que pueden: si es carnaval, llevan a los niños disfrazados al colegio; si se hace una espicha en la fiesta de fin de curso, traen comida, bebida y lo que haga falta; si hacen un desfile por el pueblo por Halloween, se ponen en las aceras a corear a los niños. Se ayudan entre ellos, continuamente.
Por todo eso, Eva amenaza año tras año con marcharse y luego siempre se queda. Yolanda, después de haber estado en otros colegios, volvió. Ninguna de las dos tiene alguna duda sobre si su trabajo compensa: lo hace con creces. Hay una razón subyacente, pequeña y poderosa: que son como una gran familia. El colegio ya es un lugar más grande que el lugar donde impartir clases; es el núcleo de una pequeña comunidad que interrelaciona el presente, el pasado y el futuro, los pueblos vecinos, padres, madres, profesores y niños. Es un lugar lleno de vida.
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