El principio del fin

Asturias pasó de ser una de las regiones más prósperas en España a ser el lugar con mayor despoblación de Europa

Asturias es una superposición de colores. Primero fue el verde de los prados, color de agricultores y ganaderos. Después llegó, hace más de un siglo, el negro de la minería: el gran motor económico. Como advierte Armando Palacio Valdés en su novela La Aldea Perdida eran dos enemigos irreconciliables. La gente eligió bando de batalla: la mina daba más dinero, así que se mudaron a las urbes, sinónimo de modernidad.  Se vaciaron los pueblos, y el verde, de los agricultores y ganaderos, se empezó a vestir de marrón. El campo, si no se cuida, se marchita; el bucólico decorado sin sus trabajadores se estropea. Ahora, la industria ha desaparecido, pero nadie ha vuelto a la tierra, que grita pidiendo rescate. El paraíso natural se convierte en el paraíso matorral. El verde es un color primario. El marrón, no. El marrón es el color de lo marchito y nunca trajo nada bueno.

Lucía Nicieza mira por la ventana hacia los montes de Caso, en Prieres. //CC-BY- SA 4.0

Prieres emula L’ Aldea Perdida (nombre que recibe la novela de Palacio Valdés en asturiano) en sentido literal y figurado. Literal porque así se llama el antiguo hotel rural, que permanece cerrado desde hace más de cinco años. Figurado porque en la pequeña aldea del concejo de Caso, en pleno parque natural de Redes, la agricultura y la ganadería lleva muchos años perdiendo batallas; una guerra silenciosa donde las muertes llegan con el paso del tiempo y los exiliados van en incremento. Lucía Nicieza, estudiante de 23 años, pertenece a este segundo grupo. Su padre fue el propietario de “L’ Aldea Perdida” durante más de veinte años, pero las dificultades de la vida en Prieres hizo que toda su familia migrase:

– 13. Ahora quedan 13 personas. 

Cuenta Lucía, que está sentada en el bar más cercano a su pueblo, a seis kilómetros bajando por la carretera –quince minutos en coche. Acaba de visitar lo que fue su hogar durante cinco años: la pequeña aldea perdida en la alta montaña, a la cabecera de un antiguo valle minero ya desindustrializado en Caso, un concejo del interior asturiano. Según la Sociedad Asturiana de Estudios Económicos e Industriales (Sadei) Prieres tenía 25 habitantes hace cuatro años. Desde la ventana de “L’ Aldea Perdida” se ve verde, pero también cómo la naturaleza comienza a campar a sus anchas; ¿Dónde quedaron los guardianes del paisaje? Cuidado, el desierto demográfico acecha.

El pueblo de Lucía, en zona rural y dedicado principalmente a la ganadería, solo está siendo de los primeros en caer. Es la punta del iceberg del fenómeno demográfico de las sociedades desarrolladas: baja natalidad, baja mortalidad, aglomeración de personas en las urbes y aumento de la media de edad poblacional. Asturias es el extremo: tiene el índice de despoblación más alto de España y entre los más altos de Europa. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), en el 2019, el crecimiento vegetativo de la población fue del -7 por ciento: su tasa de natalidad fue de 5,6 por ciento frente a la de mortalidad, que alcanzó el 12,6 por ciento. En números: hubo 7.505 más muertes que nacimientos. No hay reposición; muerte gana a vida. Marrón y más marrón.

Pero eso no siempre fue así. En la década de los ochenta, cuando el carbón y el acero ya habían vaciado las zonas agrícolas, la región alcanzó la cifra demográfica más alta de su historia: 1.130.500 habitantes. Ahora, cuarenta años más tarde, hay 100.000 personas menos; es igual que si hubiera desaparecido Avilés, la tercera ciudad más poblada de Asturias (77.781 habitantes), y su concejo vecino, Corvera (que ronda los 15.000). El campo es el primero que se desangra: en la España rural, cada hora hay cinco habitantes menos. La actividad minera también cesó: ¿Qué será lo siguiente? ¿Habrá una segunda vida? 

“L’ Aldea Rural” de Prieres está dando todos los pasos para tenerla, como casa rural sin anfitrión, ya que el padre de Lucía se cansó de ese tipo de vida – por eso cerraron. El piso de abajo tiene tres estancias. Está el antiguo comedor, un espacio angosto con una gran mesa de madera pegada a la pared; la recepción, con un mostrador apartado y una estantería dividida en cuadrados donde se guardaban las llaves y la cocina, con encimera metálica y un lavavajillas industrial, como de un bar. El de arriba tiene las habitaciones, que están a medio pintar, como si estuviera mudando de piel. Se conservan las camas y algunos carteles con el antiguo nombre que recibía cada estancia, haciendo referencia a los personajes de la novela de Palacio Valdés. Huele a humedad porque lleva cinco años cerrado por el arrendamiento que no salió bien:

– Teníamos un huerto con plantas medicinales, el bar, el comedor… En verano vivíamos en la casita de detrás del hotel y en  invierno nos mudábamos al interior, porque era donde estaba la cocina. Yo fui muy feliz hasta los 14 años, porque tenía mucha libertad. 

La memoria de Lucía viaja a sus recuerdos felices, el paisaje de estrellas que se dibujaba en el cielo cada noche y que no se ve igual desde una ciudad. Lucía nació en Oviedo en el año 1998. Se mudó a Prieres cuando cumplió los 10 porque era donde tenía el hotel su padre y querían vivir todos juntos. A los 15, por todas las dificultades que tenía residir en la pequeña aldea, se marcharon. Ahora, estudia en Sevilla filología francesa y magisterio. El año que viene termina y quiere volver a Asturias a toda costa, que no a todo coste.

Lucía Nicieza en una de las terrazas de "L'Aldea Perdida", enseñando sus árboles frutales (R)
Lucía Nicieza en una de las terrazas de "L'Aldea Perdida", enseñando sus árboles frutales (R)

El principal problema que tuvieron en Prieres fue la falta o escasez de servicios: el médico más cercano estaba en la montaña vecina, se quedaban aislados todos los inviernos a lo largo de dos o tres semanas y dependían total y absolutamente del coche. El punto de inflexión fue la llegada al instituto de Lucía: tardaba dos horas de ida y dos horas de vuelta. Esto es común en la zona rural de Asturias, así como la carencia de empleo, y genera que la principal tendencia en Asturias sea mudarse a las tres ciudades principales y sus satélites. Es un movimiento en dos fases: los matrimonios jóvenes que se marchan en busca de un futuro distinto al que les ofrece el campo, y las personas mayores que, a medida que envejecen, “bajan a la villa” para tener a mano los servicios.

De los 78 municipios que hay en Asturias, 48 tienen saldos migratorios negativos, según el Sadei. Hay menos gente, cada vez más envejecida y los que quedan se agrupan en un espacio menor. El ochenta por ciento de la población ocupa el veinte por ciento del territorio y viceversa. Solo en Oviedo y Gijón, que ocupan el 3,5 por ciento de superficie, están el 48 por ciento de los habitantes. Esta concentración de personas en las urbes lleva años aumentando: hace veinte años, Gijón y Oviedo ya acumulaban el 43 por ciento de los pobladores de Asturias.  Esto se plasma en la densidad de población existente. Por poner un ejemplo, en Caso hay cinco vecinos cada kilómetro cuadrado; 1.490 menos que en Gijón, la más poblada.

Burbujas y encuentros

Lucía recorre la calle principal del pueblo, que es una pista con rayas diagonales para drenar el agua por donde pasan, sobre todo, personas, coches y vacas. Hasta ahí no llega ningún transporte público. Tarda unos diez minutos aproximadamente en llegar desde la entrada, donde hay está la plaza – un pedazo de hormigón de la pista que se ensancha- con varios coches aparcados y cubos de basura, hasta el hotel, al final del pueblo: la capilla, la antigua escuela, la casa puente, la rosa y la azul, una que está en construcción y que es de una pareja de artistas que trabajan en Oviedo y algunas viviendas más. Y verde, flores, bosque y más verde: en la montaña, donde pasta el ganao, entre los horreos, al lado de las casas, en el bosque de enfrente. Hasta sus habitantes parece que exhalan verde.

En el camino por donde hace escasos diez minutos pasó un todoterreno, tres ganaderos y sus reses, se cruza con Beatriz Jiménez, su antigua vecina. Es una mujer de mediana edad, pelo negro con mechones grises, vestida con mallas deportivas, playeros y un forro polar blanco. Va con su hijo, Diego Barral, que, mientras su madre charla con Lucía, se entretiene jugando con su perra:

        ¿Qué tal por allí? Todo bien. En Prieres todo tranquilo, paseamos hasta sin mascarilla. Somos tan pocos que tenemos nuestra propia burbuja.

La burbuja la conforman todos los habitantes del pueblo, explica Bea, los 13. Se ponen la mascarilla cuando salen, cuando llegan los foriatos – los foráneos-, cuando Diego va al colegio, cuando bajan a Laviana al supermercado y poco más. Para qué, si allí solo son 13. 

Diego es el único niño del pueblo. Está en sexto de primaria, en el colegio del Truébanu, en la capital del concejo. Todos los días pasa un taxi a recogerle a la plaza del pueblo, porque no hay tantos niños por esa zona como para que haga falta un autobús. Para que puedan ir a clase, la Consejería de educación se encarga del transporte. El curso que viene ya pasa a la ESO, y los dos primeros años los puede cursar en el Truébanu, si hay alumnos suficientes. De momento, parece que solo va a estar Diego. O sea, que, en principio, lo cierran:

– Nosotros no queremos mandarlo pa bajo tan pequeño. Por lo menos, queremos retrasarlo hasta los 14.

Bea no está contenta por adelantar dos años ese cambio obligado. Lucía tuerce el gesto bajo la mascarilla: el instituto en Laviana fue lo que hizo que se marcharan. Diego, sin embargo, no muestra preocupación. Sigue jugando con su perra, saltando el murete del borde del camino hacia el prado contiguo. Hacia un lado y hacia el otro. Está en su propia burbuja. Quizá el próximo curso le estalle, con dos horas de trayecto para ir al instituto y dos horas para volver. Si se hace la suma total son casi treinta días al año metido en un autobús.

La familiaridad de los gestos de Lucía con los habitantes del pueblo es retroceder en el tiempo, viajar a cuando ella era una niña y saltaba el mismo murete, hacia un lado y hacia el otro, que Diego. Es la misma familiaridad con la que se sienta, un rato después, en el primer bar a la redonda donde acaba de quedar con Eva Álvarez, su amiga del colegio, que vive en un pueblo vecino un poco más grande y también de montaña, llamado Orlé. La Asturias rural también es, en cierta medida, un retroceso en el tiempo: casas desvencijadas y pueblos que en otra vida tuvieron gente. O que con gente tuvieron vida, que viene a ser lo mismo:

– Si estuviera bien esto, me quedaba.

Eva lo afirma con contundencia. A ella también le tocó durante cuatro años hacerse dos horas de trayecto al instituto. Y ahora, para ir a la universidad, cuyo campus está en Mieres, tarda una hora en coche. En transporte público ni se plantea ir: la ruta más rápida es de siete horas, con combinación de trenes, autobuses y partes caminando. Cuando eran pequeñas, las únicas actividades extraescolares que podían hacer sin complicarle demasiado la vida a sus padres eran en el colegio. Lucía hacía danza dos días a la semana porque la academia estaba cerca de casa de sus abuelos y se podían quedar allí. A Eva le hubiera gustado practicar tenis, pero sus padres, que son ganaderos, no podían estar llevándola y trayéndola.

La conversación entre las dos amigas, después de ponerse al día, gira en torno a esa hipotética y casi imposible idea de la resiliencia rural. Eva se quedó y Lucía se tuvo que ir. Eva también se irá pronto, no cree que le quede mucho allí. El problema es que mientras el mundo gira y está en continuo desarrollo, el pueblo se queda atrás: viejo, emboscado, marrón y vacío. La vida allí es más difícil que una fotografía en el eterno carrete tecnológico; ¿será a lo que queden reducidos los paisajes? Todo lo que llega a la ciudad, incluidos los paquetes de Amazon- que no los reparten hasta Orlé-, se deprecia en el camino

 

Lucía Nicieza cerrando la puerta de "L' Aldea Perdida" en Prieres. CC-BY- SA 4.0

Las mesas del “Bar Linares” donde están sentadas son de piedra. Una valla de madera lo rodea y separa el recinto de la maleza. Desde ahí se ve el embalse de Tanes. El cielo está nublado y deja un rastro de claridad, sin frío. Un día típico asturiano. Lucía le cuenta a Eva que le gustaría volver cuando acabara la carrera, y quizá intentar trabajar en el colegio del Truébanu, al que asistieron ambas. Pero no está segura, son muchas incertidumbres: Asturias tiene la tasa de inactividad juvenil más alta de España, 60,7 jóvenes desempleados según los últimos datos del Observatorio de la juventud. A su vez, España tiene la tasa más alta de paro juvenil de Europa: 39,9 por ciento de la población por debajo de los 25 años.

Es una pescadilla que se muerde la cola: los jóvenes se marchan porque no hay futuro, y si se marchan los jóvenes, no hay futuro; hay despoblación, hay olvido y decrepitud. O, más que una pescadilla, es todo un gran banco de peces: ¿la falta de servicios hace que la población emigre o como la población emigra no hay servicios? ¿no se invierte porque no hay gente o no hay gente porque no se invierte? ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿De quién es la culpa? ¿Y cómo se revierte? ¿Es reversible?

El encuentro entre Lucía y Eva les hace revivir viejas historias. Como cuando Lucía quedó con su novio en medio de la carretera de Prieres porque sabía que, si entraba en el pueblo, lo iba a saber todo el mundo. También tienen, entre ambas, su pequeña burbuja. Pero, aunque su cabeza viaje a tiempos pasados, las dudas que ahora les asaltan son nuevas: Lucía se pregunta quien permanecerá cuando ella vuelva. Eva, por el contrario, no sabe qué pasará con su pueblo cuando ella se marche. Parecen cuestiones opuestas. Es cierto que el planteamiento es distinto, pero es la misma pregunta con diferentes formulaciones: ¿quién se quedará para evitar el desierto? En el vacío se avanza más rápido, el marrón también es el color del olvido y la tierra aúlla más fuerte que cualquier lobo, especie protegida. Se desangra. Asturias se desangra