Una chispa verde

El abandono acecha a una Asturias que lucha por salir a flote. Sin embargo, los problemas estructurales que arrastra la región dificultan la revitalización. Hace falta una gran inversión y políticas activas; ¿qué deparará el futuro?
Parque eólico de Tineo. CC-BY-SA 4.0

– Nos sentimos olvidados.

Carlos López, que reposa en la puerta del chigre “Casa Lolo,” resume en una frase el problema, el contexto y la solución. Sienten que solo se está empezando actuar cuando se ha llegado al límite. Tarde, llegan tarde. Una vez que el proceso de despoblación ha empezado, afirma Carlos, es muy difícil revertirlo: la ciudadanía se ha acostumbrado a otro sistema y modelo de vida, y hace falta una gran inversión –mucho mayor que si se hubiera hecho, por ejemplo, en los ochenta- en un lugar con muy pocos habitantes y muy mayores. Falta de anticipación.

Pero más vale tarde que nunca. El pasado marzo la Junta del Principado de Asturias organizó una comisión especial para hacer frente a los problemas y buscar soluciones e implementaron un plan  demográfico. A su vez, se nombró a Jaime Izquierdo comisionado para el reto demográfico. Su despacho está en la planta baja del edificio de Presidencia del Principado, en la calle Suárez de la Riva, 11. Tiene varias mesas: una de ellas es un escritorio y otra está rodeada de sillas para las reuniones. Todo está lleno de papeles y libros, y hay varios pósteres de lobos y otros animales salvajes.

Jaime Izquierdo nació en el año 1958, en un pequeño pueblo de Infiesto y se crio en Langreo, una cuenca minera. Estudió geología, pero nunca ejerció la profesión y tiene una prolífica colección de libros publicados que abordan el problema de la despoblación asturiana. Hace un resumen:

– La mala educación política del siglo pasado constituyó una cultura urbana hegemónica. Se intentó un modelo industrial permanente, sin una integración del conocimiento local y no se supo anticipar el final de la era del carbón

Explica que Asturias va con dos siglos de retraso: el petróleo sustituyó al carbón como principal combustible ya a mediados de los años cincuenta, pero las últimas minas no se cerraron hasta 2019- y fue el principal motor económico hasta principios del siglo XX. No se supo adaptar una industria, ya obsoleta, que había aglutinado a buena parte de la población rural, ni mantener un mercado de trabajo que pueda acoger a los jóvenes que la propia comunidad ha formado. Pero, además, se infravaloró la cultura rural, sin realizar grandes inversiones en ella y con el estereotipo de que la vida de segunda. Las tierras, al romperse el modelo tradicional, perdieron a su vez valor y se produjeron las migraciones hacia las ciudades. 

Los que se fueron de los pueblos, nunca regresaron: la vida en las ciudades o grandes villas, donde están los servicios, era mucho más sencilla. Pero el problema es mucho más grande. Ya no es solo la gente que se marcha de los pueblos, donde la juventud escasea, también es que Asturias se está volviendo un país para viejos: no tiene un mercado laboral que acoja el capital humano en el que ha invertido y la población que entra en edad laboral se ve obligada a emigrar. Y, afirma Jaime, que el problema no es que se marchen, sino que no quieran volver:

-Es importante formarse y ver mundo. Pero también es importante volver para aplicarlo aquí.

Habla desde su experiencia personal, de cuando le dieron una beca en Alemania que le abrió los ojos en muchos sentidos. Le preocupa la fuga de cerebros, creciente en la región: Asturias invierte en la formación de estudiantes– primaria, secundaria, bachiller e incluso, en algunos casos, la universidad-, pero no obtiene contrapartida. Es por la incapacidad de integrar a los jóvenes y no tan jóvenes dentro del mercado laboral: no existen puestos de trabajo que se adapten a su preparación, exigencias y necesidades. 

Pero tarde no significa tarde y mal. No tiene por qué significar eso.

Para él, las soluciones para la repoblación y recuperación de la Asturias rural empiezan desde el respeto al saber popular. Habla de un tipo de “ciudad agropolitana y aldea cosmopolita” así tituló uno de sus libros, publicado en diciembre de 2019-, en la que conviva un sistema agroecológico local, con mercado propio, con las nuevas tecnologías y un sistema energético, para que la aldea no se quede atrás mientras las ciudades avanzan. Explica, además, que hay que eliminar los estereotipos del mundo rural y revalorizar su cultura.

Plantea una simbiosis entre la modernidad y lo agreste, con nuevas industrias agroalimentarias. Por ejemplo, plantaciones de zanahorias o aguacates, ya que el sustrato de Asturias es idóneo para ello. De esta forma, la gente viviría en el entorno de la empresa. También hace hincapié en corregir las deficiencias de la cadena de procesado de los alimentos: no puede ser que un ternero se compre a los ganaderos a precio de saldo y se venda en un restaurante al del oro. Pero para eso, hace falta una gran inversión y lo que es más importante: un cambio de mentalidad. Hay que dejar atrás el discurso del babayo y escuchar a quienes habitan los pueblos. No como ocurrió con el lobo, que no lo hicieron y ahora toca lidiar con sus protestas.  A su vez, hasta ellos tiene que llegar la modernidad: internet, carreteras y diversidad social. Que no sean dos mundos. 

Los vecinos de Orlé se toman un descanso cuando finaliza la tarde todos juntos, después de haber guardado a las vacas y antes de limpiar la cuadra. CC-BY- SA 4.0

Posibilidades

Tarde sigue sin significar tarde y mal.

Jesús Arango habla a través de la pantalla desde su casa en Los Cabos, una pequeña aldea de Pravia. Está en cuarentena una cuarentena voluntaria, y su aldea se ha vuelto su burbuja:  

– Si no aquí no hubiera llegado el internet, no podría ver a mi nieto.

Es exprofesor de economía de la Universidad de Oviedo y fue consejero de Agricultura y Pesca del Principado de Asturias desde 1982 hasta 1987. Habla del internet, de lo importante que es para evitar el ostracismo y de lo poco frecuente que es que haya buena conexión en el monte: el internet es la identidad de la modernidad. Quien no tiene, se queda atrás.

Arango explica que no hay una Asturias, sino varias: las Asturias. Que es una región diversa y plural, y que no se puede hablar de un solo problema y de una solución, sino desgranarlos en varios pequeños e interrelacionados. Lo principal, según Arango, es que Asturias es una región dual: donde se acumula el dinero, que es en las capitales y antes fue en las regiones mineras, y donde no, en el ámbito rural donde los campesinos estuvieron explotados y que no tiene que ver con la visión bucólica, idílica y nostálgica de los libros. Incide además Arango que no hay que hablar de vacío sino de desierto: no es que no haya nada, es que se está volviendo marrón. Y está a punto de hacerse irreversible. Marrón, marrón, marrón:

– El paisaje lo hacen las personas. Y el desierto marrón avanza.

El paraíso que se vuelve marrón porque no era natural, sino que venía de la mano del hombre. Como una postal que se ennegrece y una foto que, con el tiempo y el polvo, ya no le queda rastro del color que antes tenía.  Las políticas llegan tarde, afirma Jesús, pero lo importante es que lleguen:

– Hace falta un análisis crítico y profundo de la situación. No valen políticas sectoriales ni medidas horizontales, sino una visión a largo plazo. Aquí, en Asturias, se debería modular por parroquias – entidades singulares de población. Hace falta también un cambio profundo en la visión de Asturias.

Hay un trasfondo histórico. Lo cuenta en su libro Montes comunales en Asturias y otras cuestiones agrarias: el sistema tradicional de reparto del campo era desigual, con un fuerte minifundismo agrario de grandes propietarios, e indefinición en el reparto de las tierras. A ello se le suma la baja rentabilidad del campo, la miseria del campesinado, las dificultades de acceso – carreteras que llegaron tarde y mal-, el modelo de poblamiento disperso y una prestación de servicios dificultosa, que funciona a ratos.

Y, si esos eran los problemas tradicionales, se han añadido otros: la fuga de cerebros, incapacidad del sistema productivo de integrar a nuevos trabajadores, el sobrenvejecimiento de la población, la concentración de un mayor número de personas en un menor espacio, todo eso. Es que ni los burros vuelan, ni se puede vivir del aire, ni las vacas viejas paren. Y nadie se quiere mudar a vivir en el campo. No hace falta ser ganadero para saber eso.

¿Es un proceso reversible? La pregunta del millón –del millón de habitantes del territorio asturiano. Arango se considera optimista, pero no le falta realismo a su respuesta:

– Dependerá de lo que hagamos los propios asturianos.

Firme, claro y conciso propone un maremágnum de soluciones que abren posibilidades de futuro. Un futuro verde. Todas ellas parten de la misma premisa que no deja de recitar Jaime Izquierdo: revalorizar a los jardineros del paisaje, al entorno rural. Su planteamiento es la combinación de varios sectores, por ejemplo, la ganadería y el turismo.

Una de las opciones que propone Arango es una especie de “granja escuela”, donde el visitante pueda dormir, por un lado, y por el otro, esté en contacto con los animales. También habla de la integración de industrias deslocalizadas en el territorio (alejadas del núcleo urbano), como lo que se hizo en Villaviciosa con el Instituto de Productos Lácteos- que ahora se muda a Oviedo, contribuyendo a la despoblación-, y de la rentabilización inteligente de los espacios protegidos: algo similar a lo que está ocurriendo en Somiedo con los avistamientos de osos, que se hacen visitas guiadas con guías de la zona. Siempre pensando en la necesidad de buenas conexiones. 

 

Eva, la de Orlé, también plantea ideas de lo que a ella le gustaría. Propone, por ejemplo, la revisión del catastro, que en Asturiasestá fecho mierda”. Desde la ingeniería geomática y trabajando con drones, así como con un estudio histórico detallado, hay muchas formas de determinar las lindes de los prados y de los bosques comunales, por ejemplo.

A veces, siente como si tuviera que elegir entre trabajar o vivir en Asturias. Ella quiere seguir levantándose y viendo las montañas desde su ventana. Y , además, odia conducir en las ciudades y a la gente con prisa, que no se sabe el nombre de sus vecinos. Lo que le gusta es disfrutar del silencio y el monte, sobre todo la peña que tiene delante de casa. Ella sí que conoce a todo su pueblo.  Aunque a veces hablen de más y todo se sepa, porque es lo que tienen, ella quiere su comunidad: Ir a las sextaferias y discutir en la “Sala de Juntas”. Si pudiera. No debería tener que elegir. Pero parece que tiene la decisión tomada: marcharse. La pregunta no es si va antes el huevo o la gallina, porque el huevo y la gallina tienen que ir a la vez.

Carlos López apura junto a Lolo el último trago de cerveza mientras cae la tarde. Son casi parte de un paisaje que permanece en calma, como parado en el tiempo. Algunos coches que pasan por la carretera de enfrente pitan al pasar en modo de saludo, otros incluso se detienen un rato. Desde allí, vio Lolo marcharse a su familia, como los vaqueiros: con la casa a cuestas. En ese mismo patio, en esa misma puerta, delante de las mismas paredes. Por eso temen que no haya nada que hacer. Pero, en el fondo, tienen una pequeña esperanza de que el proceso sea reversible, una chispa verde. Nace en gente como Cristian, el hijo de Carlos, que a sus veinte años volvió a vivir al pueblo, o con el turismo, que abrió  desde los ochenta en las zonas rurales nuevas oportunidades. 

Aún falta mucho por recorrer: esa chispa se apaga cuando llega el verano y el agua escasea porque hay demasiada gente, la carretera sigue argayada, tienen muchas trabas para todo y las muertes superan a los nacimientos. Mucho ruido  y pocas nueces. Es hastío y cansancio de lo mismo. Carlos, el de Corés, revierte roles y hace la última pregunta. Tiene la mirada fija, la cerveza ya acabada y está punto de regresar a su casa:

– Y tú, ¿te quedarías a vivir aquí?