Sombras, piedras y palos

Ya van más de quince años desde que no nace ningún niño en el pueblo de Eva Álvarez, Orlé (Caso). Ella, con 23 años, es de las más jóvenes del pueblo. Cuando acabe la carrera y empiece a trabajar, no sabe si establecerá allí su vida. Es complicado vivir allí, que avanzan con palos en las ruedas.
La carretera de Orlé está en plena construcción. Desde el argayo que los dejó aislados tres meses, mejoraron las vías. Pero, según sus usuarios, es una reforma demasiado lenta. CC-BY-SA 4.0

Eva Álvarez se quiere marchar del lugar que la vio nacer, Orlé (Caso). Lo tiene previsto hacer cuando acabe su ingeniería geomática, en un año y medio aproximadamente, con 25 años. Lo cuenta mientras camina por el pueblo y pasa al lado de la Sala de Juntas y la plaza. Orlé está en la ladera de una montaña y en cuesta: es una gran calle que rodea y une todas las casas y que es una continuación de la carretera. Pone cara de contrariedad y afirma que, si no quiere ser ganadera, no ve que allí tenga futuro.

Tampoco se quiere marchar muy lejos. Con irse a vivir a Laviana o cualquier sitio que tenga consulta médica, supermercados y donde no tenga que coger el coche para absolutamente todo estaría contenta. Es que no le gusta mucho conducir, pero no tiene otro remedio. Cada vez que sube o baja el puerto de Tanes para marcharse o volver a su casa le entra un poco de miedo: la carretera no está muy bien. Hace ese trayecto varias veces al día: va en coche a la universidad a Mieres, de lunes a viernes – ahora menos, porque con la pandemia tienen clases online– y, cuando puede, visita a su novio que vive en Laviana. Cuentan en el pueblo que, cuando Eva era pequeña, una vecina iba a llevar las invitaciones de su boda a la familia, cuando se desprendió una piedra, impactó en su coche y la mató. Muchas veces, cuando pasa por ese mismo tramo, lo piensa y le entran escalofríos. 

Eva Álvarez caminando hacia la Sala de Juntas en Orlé. CC-BY-SA 4.0

La lluvia o la nieve tampoco son buenas aliadas; incrementan su miedo. Hace tres años en marzo, recuerda Eva, el temporal de lluvias produjo un gran argayo en la carretera AS-117 y dejó prácticamente aislado al concejo de Caso. Tardaron 18 días en habilitar un paso, por el que solo podían circular, desde las 7.30 hasta las 22, vehículos todo terreno autorizados. Tras casi un mes, se habilitó otra ruta para todo tipo de turismos – que llamaban la caleya (el camino). Eva recuerda cuatro meses muy malos con el coche, a ella, que encima no le gusta conducir. Por lo menos, no se mató nadie. 

El mismo problema de Caso también lo hay en Somiedo: hay un tramo de la carretera, perfectamente señalizado, donde el paso se estrecha porque ambos laterales están llenos de grandes pedruscos. Es un rastrojo del gran desprendimiento que se produjo el pasado diciembre en la AS-227 y que dejó también a sus habitantes aislados. La montaña, es lo que tiene la montaña. Para los casinos fue un toque de atención para la mejora de sus carreteras. Ahora, para llegar a Orlé están construyendo una nueva. Pero Eva afirma que tienen pa rato, y que no son muchos operarios los que trabajan ahí: llevan desde principios de año y ella tiene intención de hacer ahí, en verano, sus prácticas de la carrera. 

Un coche cruza entre los restos del último argayo que tuvo Somiedo. CC-BY-SA 4.0

Eva, además, tiene la sensación de que van poniendo palos en la rueda a los que se quedan en el pueblo. Por ejemplo, con el lobo, que le toca muy de cerca, ya que sus padres tienen una ganadería. El pasado febrero, el Gobierno de España incluyó al lobo en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial. Es decir, que se prohibía su caza. Esto no sería un problema para ellos si hubiera mecanismos de control efectivos, pero, según los que viven del ganado, no los hay. El sistema actual se basa en una tabla de compensaciones, donde, en función del valor del animal muerto según el baremo, el Principado indemniza a su dueño. Pero el dinero a veces llega tarde, no siempre se encuentra el cadáver del animal muerto y tener ganado va más allá de unas perras: es la cantidad de tiempo y esfuerzo invertido en su cría, que se queda en nada.

Carlos López está sentado en el antiguo chigre, “Casa Lolo”, tomando una cerveza con su viejo amigo y dueño de la vivienda. Nació en Corés, un pueblo de Somiedo. Conserva su casa familiar pero ya no vive ahí. Va de visita y ayuda a los vecinos en lo que puede. Es conductor, encargado de la línea de Alsa Santiago- Barcelona. Está separado y tiene dos hijos. El mayor,  Cristian tiene alrededor de 20 años y se ha mudado a vivir al pueblo de su padre. Primero, con un plan de empleo joven del Ayuntamiento de Somiedo y luego, trabajando de lo que puede. Su padre dice que le va bien, que está orgulloso de él, y que, además de ser el más joven de todo el pueblo, hace poco le eligieron alcalde de la entidad. Carlos afirma que en Corés quedan abiertas tres casas – tres familias viviendo de forma continua-, aunque el Sadei tiene censados 27 habitantes: 

– El problema es que nadie ya quiere trabajar aquí. No quieren trabajar el campo.

Carlos López junto a Manuel Álvarez, Lolo, en la puerta del antiguo casa Lolo. (R)
Madreñeros en Aguasmestas, en la puerta de lo que luego fue Casa "Lolo", el mismo lugar donde reposaban Lolo y Carlos. (R)

Carlos se refiere al rechazo a la vida rural. No es porque no haya cosas que hacer, sino porque nadie quiere ir y tener ese tipo de vida. También, porque en lo rural ahora mismo hay una oferta muy limitada, siendo el turismo y la ganadería los dos sectores que copan todo el mercado. El modelo está cambiando, además: antes, cuenta Carlos, con veinte vacas se podía vivir. Ahora hacen falta grandes explotaciones, de 80 o 100 y muchas de las que quedan son por las subvenciones que reciben.

Esto se debe, sobre todo, a la bajada del precio al que se venden las reses. Además, hay una diferencia abismal entre lo que se paga por un animal a los ganaderos a lo que luego cuesta en las carnicerías: un xato – ternero de vaca-, cuyo peso oscila entre los 200 y 300 kilogramos puede venderse, desde la ganadería, a un precio de entre 700 y 800 euros. Es decir, entre 2,5 y 3,5 euros el kilo. Pero luego, en una carnicería, la ternera asturiana, en función de la pieza, puede rondar entre los 7 y los 14 euros. Es decir, que, con la venta del animal entero, un establecimiento ingresa cerca de 3.000 euros; hay unos 2.000 euros de diferencia desde que sale de la cuadra hasta que llega a una cocina.

La comunidad

Por otro lado, Eva querría quedarse en Orlé.

Esos caminos, esas calles y esas casas las percibe, en cierta medida, como suyas. Tiene sentido: se ha encargado, desde que era muy pequeña, de arreglarlos. A la vez que anda, no puede evitar ir quitando hierbajos, malas hierbas de los bordes del camino:

– Es pa que esté guapu. Porque este año entre el virus y la nieve está el pueblo fecho un desastre. Aquí siempre hacemos sestaferia, pero con el virus no pudimos.

La sestaferia es un trabajo comunal que hacen los habitantes de una zona para que quede guapa, como dice Eva. Se elige un día para hacerlo y todos los vecinos tienen la obligación de participar. Depende de las necesidades del pueblo en ese momento, se dedican a una cosa u otra. Existe incluso un reglamento de Sexta-ferias, aprobado el 1 de enero de 1839 por la Diputación Provincial de Oviedo. La regulación establece que no pueden ser más de quince días al año, ni más de tres días seguidos ni una jornada superior a las siete horas. Su horario tiene que coincidir con las horas de luz, y aquellos que no participan sin justificación o mandan a otros en su lugar se incluyen en la “lista de faltosos” e incluso puede redimirse con el pago en metálico.

Uno de los vecinos de Orlé guardando sus vacas cuando empieza la temporada de subirlas a las brañas. CC-BY- SA 4.0

Lo cierto es que la mayoría de los que participan en la sestaferia desconocen el reglamento. Lo hacen porque tiene que hacerse, porque es para todo el pueblo y porque es lo que se ha hecho siempre. Porque son una comunidad. Y punto. La remuneración va más allá del dinero: se traduce en tener caminos limpios para llevar las vacas y el pueblo bien guapo. Aunque la merma de la población se va notando, Orlé todavía tiene vida. Sin embargo, con el virus, este año no la hicieron, y Eva ya nota los rebordes de la carretera llena de matojos:

– Lo hablábamos el otro día en la Sala de Juntas. Aquí, ¿quién va a quedar? ¿Pa qué va a venir alguien? 

La Sala de Juntas es el lugar donde se reúnen todos los vecinos de Orlé, considerado entidad local menor y que tiene su propia alcaldesa, para tratar los temas que afectan al pueblo. Por ejemplo, si hay que ir a limpiar un sendero, si hay algún problema con el ganado en los pastos comunales, o como se organizan las fiestas ese año. Está justo pegada al único bar que hay, “Lo de Laura”, en la plaza del pueblo – que también está un poco en cuesta y que es donde siempre se pone la carpa en las fiestas:

-Es que esto es otra cosa. Cada uno tenemos lo nuestro, pero nos ayudamos siempre que podemos. Si hay que ayudar a cargar las xatas a un vecín se hace – meter las vacas en el camión para transportarlas o venderlas.

En las ciudades, la sensación de comunidad se ha perdido y el individualismo está ganando partido. Habita, además, un peligroso fantasma: la soledad. Pero esa sombra es mucho más alargada en el mundo vacío: Asturias lidera, desde 2011, la tasa de suicidios en España- 11 casos por cada 100.000 habitantes. Una cuarta parte de ellos se producen en el ámbito rural y es mucho más común en hombres que en mujeres; los “chicos viejos”: varones, de mediana edad, dedicados a la ganadería y solteros. Los juguetes rotos del despoblamiento; el desierto demográfico también se los lleva a ellos.