– Yo no marché porque no quise. No tenía ambición.
La ambición de la que habla Manuel Menéndez, Lolo, era un piso de sesenta metros en un barrio a las afueras de una de las principales ciudades o en un polo industrial. Un trabajo igual de duro – como picar y sacar carbón, o en las empresas boyantes de transportes y construcción-, con jornada laboral de ocho horas, vacaciones y descanso los domingos y jubilación. Hablando mal y pronto, como dice Lolo, se mudaban porque “hacer dinero era más fácil”. Además, los hijos podrían estudiar incluso una carrera universitaria: era la aspiración de que su descendencia tuviera una vida mejor que la suya.

Lolo es el antiguo regente de “Casa Lolo” en Aguasmestas; un pueblo partido en dos concejos: la mitad en Somiedo, la otra en Belmonte. Con cabello grisáceo, enjuto y gafas de ver, reposa en la puerta de lo que fue su bar, que a su vez también es la casa donde nacieron sus hijos y vivió casi toda la vida. Está sentado en una silla blanca de publicidad, tranquilo, con una cerveza en una mano y la mascarilla en la otra, y la puerta abierta de par en par. Y con él, a más de dos metros de distancia, está Carlos López, de Corés. Es el conductor de la línea de autobús Santiago- Barcelona, que está de descanso en Semana Santa. “Casa Lolo”, en la parte belmontina, cerró hace un año después de 51 de actividad, pero parece que sigue abierto.
El dueño de “Casa Lolo” nació en Pigüeces, otro pueblo de Somiedo, mucho antes de que hubiera carretera. Luego, bajó hasta Aguasmestas, porque “estaba más céntrico” y porque su mujer, Evangelina, tenía ahí familia. Además de tener el bar y varios apartamentos para alquilar en la zona, estuvo durante 35 años comprando ganado a comisión “para Tinín, el de Grao”, hasta el 2002, que se jubiló del campo y se quedó tras la barra:
– Pateábamos por ahí preguntando quien tenía ganao para vender. Somiedo, Belmonte, Tineo, Salas… lo caminamos todo. Conocíamos todos los caminos. Ahora son los ganaderos quienes tienen que llamar al comprador y llegan con camiones para llevárselos. Como suplicando.
El chigre (bar) está integrado en la vivienda. Es una habitación más. Al entrar, hay tres rutas posibles: unas escaleras hacia arriba; la cocina que da al patio recién reformada, y el bar, una barra de bar intacta, con botellas por detrás, como si nunca hubiera estado cerrado. No tienen si quiera polvo. En la pared, hay fotos de quienes fueron los moradores de la casa y sus actividades: un grupo de hombres tallando madera para hacer madreñas, un carro con un burro a la puerta de la casa, la familia al completo. Lo único que parece indicar el cierre del bar es la oscuridad que hay dentro. No entra casi luz; la penumbra da una falsa sensación de ver en blanco y negro, como las fotografías de la pared:
– El problema es que pa aquí no mira nadie. Nadie quiere venir, ¿a qué?
Son 16 habitantes los que quedan en Aguasmestas. Casi todo vieyos, cuenta Lolo. Porque quitaron las escuelas y no volvió nadie: la gente con hijos y nietos se quedó en las ciudades. Volver, ¿a qué?, la pregunta del millón. Si allí no queda casi nada, y cada vez menos. Se rompió el círculo virtuoso y perfecto del mundo rural, y con él se fue el verde y los pastos, explica Adolfo García en su Antropología de Asturias.
Tradicionalmente, en el mundo rural, el primogénito, el meirazo para los somedanos, era quien heredaba el caserío mientras que el segundo hijo se buscaba la vida y se iba o se quedaba como “un criado sin sueldo”. Pero con las migraciones, la industrialización y el crecimiento de las ciudades, la tierra perdió valor y el joven primogénito empezó también a querer marcharse. Quedarse en el pueblo empezó a ser un fracaso: no había casi posibilidades de desarrollo y promoción profesional:
– En los setenta, se iban para Oviedo y a los dos días tenían trabajo y la entrada para un piso.
Lolo cuenta cómo vio que su entorno se marchaba. Él no, porque no tenía ambición, recalca. Ambición: hacer dinero fácil, un piso de sesenta metros, vacaciones pagadas y descanso los domingos. Él se quedó, pese a que ello no tenía consideración social; al estigma de lo que es considerada una “vida de segunda”: los que no servían para estudiar eran quienes cuidaban la casa y a los animales.
Las mujeres fueron las que rompieron el ciclo. Ellas, a no ser que no hubiera hijos varones, no entraban en el juego de las herencias y su labor era meramente reproductiva y de cuidados: de la huerta, de la casa, de ordeñar la vaca, del marido y de los hijos. Se les arreglaba un matrimonio y se les daba una dote para que se casaran, a poder ser con un primogénito. Una vez celebrada la boda, empezaban una nueva vida en un pueblo normalmente lejos del suyo, donde además les tocaban los trabajos más desagradables y estaban solas. Eran las nueras, las “nuevas” o las “patas arrimadas”.
Fueron las madres quienes trajeron la revolución, a través de sus hijas: propiciaron que se marcharan a la ciudad, para que no les pasara lo mismo. Les incitaron a que buscaran allí un forma de estudiar o a trabajar, que entraran en una casa a servir o se casaran con un obrero. Una huida sin retorno de la tierra y del caserío. Porque los maridos eran dueños, amos y señores de la tierra. Para ellos iba el dinero y los trabajos más dignos, y entraban y salían cuando querían. Pero ellas no. Ellas tenían que obedecer en casa a la suegra y en la cama al marido, reproducirse y callar. La dureza de su vida hace que el medio rural se vacíe de mujeres, coincidiendo además con la entrada de mujeres de clase media y alta en la universidad, que necesitaban mano de obra doméstica.
Los pueblos se llenaron de solteros atados a la tierra: hombres que no sabían cuidar de sí mismos, ni de la huerta, ni del ganado, ni de la casa; los “chicos viejos”, denomina García. Y así se generaliza el deseo de marcharse, de vender las tierras y buscar un futuro de oportunidades en la ciudad. El campo se queda sin gente y sin identidad porque no es capaz de asumir los cambios de la sociedad. Se queda atrás y se vacía. Se olvida. Y lo que permanece perenne es el estereotipo de que solo los peores y poco ambiciosos aguantan esa “vida de segunda” donde encima se hacen “tareas de mujeres”. Los tontos, los babayos, los que quedaron para vestir santos.

Eva Álvarez tiene 23 años, vive en Orlé (Caso), no quiere irse a vivir a una ciudad ni tampoco ser ganadera. Tiene la tez pálida, las mejillas sonrojadas y los ojos color chocolate. Su cabello es castaño, y, si lo lleva suelto, sus rizos se bambolean cuando mueve la cabeza. Se ríe mucho, quizá sea por su timidez. Está estudiando ingeniería geomática; algo similar a lo que antes era topografía:
– Yo veo a mis padres, que son ganaderos, y no es la vida que quiero. Trabajan 365 días, sin vacaciones. Pero es verdad que les gusta.
Ella sabía que quería hacer algo técnico y que pudiera trabajar al aire libre, y que le gustaban la física y las matemáticas. Por eso decidió estudiar ingeniería industrial en la Escuela Politécnica de Ingeniería (EPI) de Gijón, dependiente de la Universidad de Oviedo. El experimento salió mal: se dio cuenta de que no le gustaba demasiado y que suspendía algunas asignaturas. El ambiente tampoco acompañaba: sentía que algunos de las ciudades tenían un poco de rechazo hacia los que provenían de pueblos:
– Nos trataban como si fuéramos fatos. Los tontos de la clase, o algo así.

Eva piensa que los distinguían por el acento. Ella habla amestao: una variedad dialectal en la que se habla castellano cargado de expresiones en asturiano o viceversa. Es un lenguaje a medio camino entre dos formas de expresarse. Es que el asturiano siempre ha sido el idioma de los que venían del pueblo, de las trabajadoras domésticas que no tenían acceso a la educación superior o de los de la fábrica. Es decir, la clase social más baja. La educación, los medios de comunicación y la cultura, todo lo de los ‘ilustrados’ era en castellano. El asturiano estaba en clara desventaja: solo se mantenía por la trasmisión oral. No se enseñaba en las escuelas. No estaba normalizado
Esto produce lo que se denomina diglosia: situación que se produce cuando conviven dos lenguas y una tiene preferencia o dominancia sobre otra, de forma natural o impuesta, que queda relegada a situaciones socialmente inferiores. En el caso de Asturias fue por imposición. La consecuencia es que se hable, especialmente en aquellos que han convivido con ambas lenguas, “amestao”: una variedad híbrida con características mixtas de vocabulario y gramática. Se pierde la diferenciación entre ambas, y a largo plazo puede producir la desaparición de la más débil: la llingua asturiana.
Además, genera un efecto muy adverso: vergüenza a sus hablantes. Hay una correlación directa: cuanto mayor es el ascenso social, más fuerte es la búsqueda de un castellano sin trazas de la ruralidad de la llingua, hasta conseguir eliminar del todo el acento. Porque tener acento equivale a ser de pueblo; los fatos, babayos, iletrados y tontos. Por eso, Eva, cuando se juntaba de pequeña con otros colegios se hartaba de oír: “Niña, habla bien”. No sabía por qué era. Si ella estaba hablando bien, sin decir ningún taco, como le habían enseñado. No era ninguna malhablada de esas:
– A mí, en las presentaciones de clase, cuéstame mucho hablar en perfecto castellano.
Cuando se hizo más mayor, lo comprendió. Es un estereotipo perpetuo, que vivió Lolo cuando era joven y Eva ahora que es joven: son aldeanos y pueblerinos, como si eso estuviera mal. Es lo mismo que cuenta Adolfo García en su libro: un estereotipo que se intenta corregir, pero que persiste. Pero, de ese cambio de mentalidad, depende también que Asturias continúe verde. Porque nadie quiere ser fato, babayo, iletrado y tonto. Por lo menos, nadie quiere que se lo llamen por elegir un estilo de vida y un trabajo.
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