El silencio del valle

El valle de Somiedo se sumió en un silencio absoluto tras la marcha continuada de población, desde la década de los sesenta. En verano, vuelve a haber ruido con la llegada masiva de visitantes. Mientras tanto, los que quedaron resisten las inclemencias del tiempo - también el atmosférico- y conviven con el notable crecimiento de la población osera. Son los que no hacen ruido.

Una escuela que se cierra es un pueblo que desaparece. Eso lo sabe Armida Marrón de primera mano: fue lo que vivió. Armida nació en el año 1962, en Perlunes. Es una pequeña aldea enclavada en un valle en mitad del parque natural de Somiedo, a seis kilómetros de la capital del concejo, Pola de Somiedo. Para llegar, hay una pista estrecha y empinada, que pasa por Aguino y atraviesa  lo que los de la zona llaman “el furao”, un agujero redondo hecho en la piedra caliza de la montaña. Es un pueblo pequeño y sombrío: solo al mediodía, cuando el sol está en el punto más alto del cielo, entra en el pueblo. El resto del tiempo, las montañas se encargan de taparlo. 

Cuando Armida cumplió diez años, en 1972, cerraron la escuela de Perlunes, que a día de hoy sigue en pie, pero es una vivienda vendida a un particular. Tenía a sus espaldas sesenta años de andadura y allí estudiaba el alumnado de toda la parroquia de Aguino. En los últimos años, había ido perdiendo fuelle: muchas familias se mudaron porque creían que recibían mejor educación en las ciudades. El colegio cerró y quienes quedaron se cambiaron a la casa- escuela de Boinás, en Belmonte.

Los primeros años, con el colegio cerrado, no había ni carretera. Los niños se levantaban en lunes a las cuatro de la mañana y les bajaban sus padres en burro al lugar donde paraba el bus, que no tenía si quiera marquesina para proteger de la lluvia. Llegaba el primer coche de Alsa, “el verdugo”, y los llevaba hasta Belmonte donde pasarían la semana, hasta el viernes que era la vuelta a casa. Y así todo el curso.

Armida no llegó a vivirlo: cerró la escuela, y se marcharon para Oviedo. Nunca perdió el vínculo con el lugar que la vio nacer: siempre regresamos donde hemos sido felices. Ella lo hizo, abriendo en Perlunes un hotel rural, que hace varios años se vieron obligados a cerrar. Ahora vive en Oviedo y a su casa solo va de visita:

– Vendemos el paraíso, pero luego el paraíso no es tan fácil.

De las palabras de Armida se entreluce el cansancio. Lleva a su nieto más pequeño en brazos. El paraíso, como dice el logo, no se construye solo, agrega. Y recuerda cuando en invierno limpiaba sus apartamentos con la nieve hasta la cintura, y la ropa se le congelaba en el tendal mientras secaba. Recuerda la estrecha carretera llena de hielo – hasta ahí no entraba la quitanieves- y a los turistas sin regresar a sus casas por no poner su vida en riesgo. Influyó para que cerrara el hotel.

– Que no, que no. Que no se puede aparcar a los niños. Ni tampoco a los pueblos.

Armida Marrón con su nieto en brazos, a la puerta de su antiguo hotel "El Bedular" (R)

“Asturias, paraíso natural” fue el logo diseñado por Arcadi Moradell Bosch en el año 1985, para atraer el turismo a la región. Emula los tres arcos de Santa María del Naranco, un monumento prerrománico asturiano, entre los que se entrevé un cielo azul con un sol reluciente que alumbra una playa y que justo detrás tiene una montaña cubierta de verde. 

Armida Marrón con su nieto en brazos, a la puerta de su antiguo hotel "El Bedular" (R)

Mientras habla, mece a su nieto cariñosamente, como si dirigiera las palabras hacia él. En Perlunes, cerró la escuela y diez años más tarde, entre 1982 y 1983, llegó la primera carretera. Al principio, casi no hacía falta: nadie de allí tenía coche y algunos habitantes preferían los antiguos caminos; caminos de montaña que se usaban para ir a las romerías de los pueblos vecinos a encontrar esposa, bajar a la Pola de compras, llevar a las vacas o ir al médico de vez en cuando. Pese a todo, fue un gran avance: les puso en el mapa. Aunque la carretera, que se reformó en el 2000 porque era catastrófica, sigue siendo estrecha, peligrosa en algunas partes y pindia, muy muy pindia, pero un poco menos.

La guardiana del paraíso

Por culpa de la carretera, la vaca muerta de Maria Dolores Fernández lleva desde el viernes cubierta con una lona negra y metida en el remolque de un coche en el medio del pueblo. Las moscas se aglutinan y revolotean encima del cadáver, advirtiendo de la podredumbre, y los del seguro, a los que ya había llamado hacía cuatro días, siguen sin llegar. Tienen que esperar a que el camión pequeño esté disponible porque el otro, el grande, no pasa de Aguino- a tres kilómetros, el pueblo de al lado.

Encima, los fines de semana descansan. Ella no descansa nunca, que es ganadera. Empezó con 46 cabras y ahora tiene 71 vacas, señala orgullosa. La del seguro le dijo que pusiera encima verde, ¿de donde iban a sacar verde en abril, si en Somiedo no aparece hasta mayo? Bastante tienen ellos con un animal menos. Esas cosas pasan: los partos pueden dar muchos problemas. Están tardando mucho. Como siempre, nadie quiere subir hasta allí.  Lo mismo les pasó con el veterinario hasta que se dieron de alta en una sociedad en defensa del ganadero. Y con la paquetería, que siempre protestan y dicen que hasta Perlunes no hay quien suba. Ni que fuera culpa de ella.

La familia de Dolores – su marido, su hijo y ella- es la única que vive ahí de manera permanente. Se mudaron a la casa familiar de su marido, hace seis años, cuando quebró la empresa de construcción donde ella trabajaba. Dolores es una mujer de 52 años, que nació en el Puerto de Somiedo, en una familia vaqueira de alzada. Los vaqueiros son pastores trashumantes que se mudan en función de las necesidades del ganado: vaqueiros viene de vaca, y de alzada porque alzaban su morada. Por su forma de vida, en el pasado tuvieron una consideración social muy baja; se les llegó a prohibir mezclarse con aldeanos, e incluso sentarse en los mismos lugares que ellos en misa. 

Las vacas, en verano, pastan por el campo libremente porque se conserva el verde, pero en invierno se guardan en las cuadras para protegerlas del frío. //CC-BY-SA 4.0

Recuerda Dolores que cuando era pequeña vivía a caballo entre Buspol, en Salas, y el Puerto de Somiedo. En Buspol, que tiene menos altitud iba al colegio y pasaba los inviernos, mientras que en verano regresaban al Puerto, su lugar favorito. Allí se contaban historias de vaqueiros – de trasgos, xanas y otros seres mitológicos- hasta bien entrada la noche y los chicos y las chicas del pueblo salían a dar una vuelta después de cenar. Hasta que llegaba el día de volver a la realidad: empaquetaban todo lo que hubiera en casa, metían los animales en los remolques y de nuevo al valle. Un camino que de antaño se hacía andando con el ganao. Así no les cogía la nieve. 

Ahora, Dolores permanece en el pueblo también en invierno. Trabajan como pueden, porque las vacas siguen ahí: si hay hielo, intentan no resbalar; si la nieve cubre, cogen una pala y a quitarla, y si hace frío, se abrigan. Pero hay que tener cuidado, que la nieve trae muchas desgracias. Cuentan en Somiedo que, en el 1935, un alud cayó sobre el tejado de una casa de Perlunes y mató a casi una familia entera: la madre y cinco de sus hijos quedaron sepultados. Solo sobrevivieron el padre y uno de los niños, que no estaban en la vivienda. Aún se puede ver el destrozo. Este año, Filomena también vino fuerte: mató a dos operarios de la quitanieves, Cesar y Virgilio, en el Puerto de San Isidro, que está a 100 kilómetros y tiene una cota máxima de altitud es de 1520 metros. La de Perlunes es de 1.085 metros. Se quedaron un mes aislados:

– Hubo inviernos que estuvimos 3 días sin luz, ni cobertura y aquí no vino nadie. La quitanieves no pasa. Te las apañas como puedes.

Desde Pola de Somiedo, a Perlunes hay seis kilómetros y una pista de hormigón empinada, que hace que el tiempo en llegar a la Pola se alargue 20 minutos. Apenas se distingue en la imagen, que fue tomada desde el barrio vaqueiro del pueblo. CC-BY-SA 4.0
A finales de marzo, en el Puerto de Somiedo no se habían ido los resquicios del invierno. Está a 400 metros de altitud por encima de Perlunes; a 1.485 metros sobre el nivel del mar. CC-BY-SA 4.0

La casa de Dolores es la única que tiene internet en todo el pueblo, y después de mucho pelear, le instalaron la fibra óptica. Tienen también televisión y un sistema de GPS en las vacas para que no se pierdan. En Perlunes, la electricidad llegó a mediados de los cincuenta porque los vecinos fundaron una cooperativa para comprar un generador. En Aguino, el pueblo vecino, el tendido eléctrico llegó casi cuarenta años más tarde. Resisten a base de pelear, de chocar contra viento y marea para que el mundo no gire sin ellos, pero a veces, se hace cuesta arriba. El sector primario es imprescindible para que haya alimentos y para que Asturias se mantenga verde: son quienes llevan el abono de los campos y quienes los cuidan. Guardan el paraíso para que se conserve tal y como está en el logo.

María Dolores llega a mediodía a casa del monte para hacer la comida, después de sus múltiples quehaceres: ya fue a la cuadra a ver a las vacas, revisó que todo estuviera bien, limpió, les dio de comer y tuvo tiempo hasta para dar un paseo. Pienso para las vacas, y para ellos, arroz con almejas. Lleva su pelo, largo entre castaño y rojizo, recogido en una coleta, el forro polar azul abierto que deja entrever una camiseta rosa, pantalones de montaña y katiuskas salpicadas de gotas de barro, una riñonera antigua y beis a la cadera y una vara de avellano en la mano que cumple la función de bastón. No le gustan las fotografías:

– Yo cuando me vine paquí no sabía nada de animales. Aunque me crié con ellos, nunca había tenido.  Todo es ponerse: se aprende a base de andar. 

La vida en Perlunes, cuenta la ganadera, tiene también muchas ventajas. Ellos están bien: son dueños y esclavos de lo suyo. Trabajan lo que quieren, y saben que lo que no hagan un día, les espera el siguiente. Que las vacas nunca dejan de comer, pero lo pueden hacer a distintas horas del día. No echan nada de menos vivir en la ciudad: no se aburren nunca, porque ahí siempre hay algo que hacer. Tampoco se sienten solos: se tienen unos a otros, internet y coche para visitar a su familia. Al principio, Dolores bajaba algún día a la Pola para tomar el vermú o ir de tiendas. Ahora ya, ni eso.

Es cuestión de adaptación, sostiene Dolores. De apañárselas como pueden. Primero, se acostumbró a vivir en Oviedo y dejó atrás la vida de vaqueira. Ahora, pese a todo, está a gusto en Perlunes. Cada sitio tiene sus cosas. Está tan cómoda que incluso, a veces, los visitantes le parecen una molestia. No todos, solo aquellos que no respetan su forma de vida: los que no les tratan con educación, dejan el coche en cualquier parte –incluso tapando los bebederos de las vacas- como si el pueblo fuera suyo, le impiden el paso al ganado o al tractor y tiran basura a los laterales del camino:

Pal que no me quiere, tengo yo mucho. Si me discriminas por ser ganadera y no me respetas, a mi casa no entras. 

Los vaqueiros de discriminación saben mucho. Pero no es solo eso. Es que, a raíz de la industrialización en España, y especialmente en Asturias, permaneció la idea de que los se quedaba a vivir en el pueblo no servían para estudiar. Eran los tontos, los fatos y los babayos y lo único de lo que podían encargarse era de la cría de animales. Para progresar y ganar perras había que irse fuera y no mancharse las manos de cucho y tierra. Durante un tiempo fue así: la mina y las ciudades daban más trabajo y de mejor calidad. Se volvía solo a presumir, descansar y saludar a la familia.